CIENCIA

Varios estudios nos hablan del origen y posible evolución de la actual pandemia


La epidemia de COVID-19 no ha terminado. Con la llegada de los fríos invernales, las fiestas navideñas y la relajación de las medidas se espera que en el hemisferio Norte se produzca un repunte de los casos. De hecho, en algunos países europeos ya se está produciendo.

Otro de los problemas es que en algunos países proliferan los negacionistas de las vacunas, lo que ha hecho que haya una proporción de la población no vacunada y que el virus se extienda. La estulticia ha llegado a tal punto que en algunos lugares como Holanda algunos compran ilegalmente un kit para contagiarse de la enfermedad y que así no se tengan que poner la vacuna. En este asunto, como en casi cualquier otro, las redes sociales no ayudan en nada.

Obviamente la propagación de la variante india o delta ha hecho que la pandemia empeore y que las vacunas sean menos efectivas.

Estos días se han publicado algunos artículos interesantes que puede que nos hagan recapacitar un poco sobre nuestro comportamiento.

El primero de esos estudios trata sobre el origen de la actual pandemia, en concreto sobre el caso cero de COVID-19. En un principio ese caso fue identificado en Wuhan (China) y fue presentado como tal por la Organización Mundial de la Salud en su día. En realidad, ese supuesto primer caso de infección se dio días más tarde de lo que se creía anteriormente [1].

En lugar de tratarse de un hombre, el primer caso conocido de COVID-19 resulta ser una mujer que había trabajado en el mercado de animales de Wuhan, según el virólogo Michael Worobey.

Para Worobey, esta información es clave y que el análisis de otros casos tempranos en la ciudad inclinan claramente la balanza hacia que el virus se originó en un animal de ese mercado.

Sin pruebas definitivas, el debate entre los expertos sobre el origen del virus no llegaba a ningún lugar desde el inicio de la pandemia, hace ya casi dos años.

Worobey fue uno de los expertos que a mediados de mayo pasado publicaron un artículo que exigía una seria consideración sobre que el virus se hubiera escapado de un laboratorio en Wuhan. En este último artículo, presenta pruebas de que el origen del brote no sería ese, sino que se daría en el mercado de animales vivos de la ciudad.

Se planteó en su día que, como las autoridades de salud locales basaron la alerta sobre los casos de una enfermedad sospechosa vinculada al mercado a partir del 30 de diciembre de 2019, se habría introducido un sesgo que llevó a la identificación de más casos allí.

Para contrarrestar ese argumento, WorObrey analizó los casos informados por dos hospitales antes de que se lanzara tal alerta.

Esos casos también se vincularon en gran medida al mercado y aquellos que no lo estaban estaban de todos modos concentrados geográficamente a su alrededor.

«En esta ciudad de 11 millones de personas, la mitad de los primeros casos están vinculados a un lugar que es del tamaño de un campo de fútbol», dijo Worobey al New York Times. «Se hace muy difícil explicar ese patrón si el brote no comenzó en el mercado»

Otra de las críticas a la teoría se basó en el hecho de que el primer caso identificado no estaba relacionado con el mercado. El hombre que se identificó originalmente como paciente cero, y que no estaba relacionado con el mercado de animales, supuestamente ya estaba enfermo del 8 de diciembre, pero, en realidad, no se puso enfermo hasta el 16 de diciembre, según Worobey.

Esto significaría que el primer caso informado sería el de una mujer que trabajaba en el mercado y que cayó enferma el 11 de diciembre.

 

El segundo estudio nos alerta sobre la posibilidad más que probable de que surja una variante de SARS-COV-2 con rasgos similares a la variante delta, que tiene una transmisibilidad aumentada y una capacidad para infectar a personas ya vacunadas o con infecciones previas. Si surge algo similar se provocará una pandemia más severa con más infecciones y reinfecciones.

El estudio se basa en un modelo matemático creado por investigadores de la Universidad de Harvard. Su trabajo, que se publicó en pasado 19 de noviembre [2] podría ayudar a investigadores y a funcionarios de salud pública a interpretar la importancia de las nuevas y existentes variantes y diseñar respuestas adaptadas a diversos escenarios según las características de la variante que surja.

A medida que avanzó la actual pandemia, surgieron variantes del virus SARS-COV-2 diferente de la inicial. Algunas se han convertido rápidamente en dominantes, con lo que aumentó el número de infecciones, como en los casos de las variantes alfa y la delta. Mientras que otras variantes, como la beta, no afectaron significativamente la evolución de la pandemia.

Para comprender los efectos que algunos factores tendrían en la pandemia, Mary Bushman creó un modelo que simula cómo afectarían a las poblaciones humanas una pandemia controlada por variantes hipotéticas, según dicha población use distintas combinaciones de uso de mascarilla, distanciamiento físico y vacunas.

El análisis simuló la pandemia según distintas variantes hipotéticas, incluidas las variantes que combinan en distinta proporción los rasgos principales: transmisibilidad mejorada, similar a la variante alfa; inmunidad parcial, similar a la variante beta; transmisibilidad mejorada con inmunidad parcial, similar a la variante del delta; y una variante sin rasgo. El análisis también tiene en cuenta cómo ciertas variables afectarían la evolución de la pandemia, como el uso de mascarilla, el distanciamiento físico o las vacunas.

Bushman y su equipo determinaron que una variante con una transmisibilidad mejorada probablemente sería más peligrosa que una variante que evadiera parcialmente el sistema inmunológico. Sin embargo, una variante con ambos rasgos podría causar más infecciones, reinfecciones e infecciones innovadoras que una variante con solamente uno de esos rasgos.

Según el modelo, también se predice que la vacunación es altamente beneficiosa en el caso de variantes como la delta, ya que las vacunas evitarían un mayor número de casos de transmisión del virus y porque la naturaleza más leve de las nuevas infecciones tendrían menor mortalidad general.

«Es realmente importante que las personas se den cuenta de que la aparición de variantes como la delta hace que sea más crucial un alto nivel de vacunación. Incluso si no podemos eliminar el virus, podemos asegurarnos de que las personas se enfrenten mejor preparadas a la infección y un virus más transmisible significa que habrá más infecciones en ausencia de vacunación, por lo que más personas se beneficien en caso de vacunación», dice Bill Hanage, coautor del estudio.

 

El tercer analisis [3] se basa en una revisión de otros estudios y señala la efectividad del uso de mascarillas, el lavado de manos y el distanciamiento social.

El uso de mascarilla es una de las medidas de salud pública más efectivas para prevenir COVID-19, reduciendo la incidencia de la enfermedad en un 53 por ciento, de acuerdo con la revisión de esta investigación.

Stella Talic (Universidad de Monash en Australia) y sus colaboradores llevaron a cabo un metanálisis utilizando datos de 72 estudios previos para evaluar la efectividad de las intervenciones contra la pandemia que no involucran el uso de productos farmacéuticos.

También estiman que el lavado de manos redujo la incidencia COVID-19 en un 53 por ciento, pero este resultado no fue estadísticamente significativo porque solo se incluyeron un pequeño número de estudios en él. Además, se encontró que el distanciamiento físico reduce la incidencia en un 25 por ciento.

Talic y sus colaboradores escriben que es probable que el control adicional de la pandemia COVID-19 no dependa solamente de una alta vacunación y de la efectividad de la vacuna, sino también de la adhesión continua a medidas de salud pública efectivas mantenidas en el tiempo.

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