Las mesas se llenan de alimentos enriquecidos o alterados para convertirse en armas milagrosas contra todos los males habidos y por haber y que en ocasiones sirven para cebar las arcas de la industria alimentaria a expensas de un consumidor desinformado, un mal que la Eurocámara se propone erradicar.
Y es que cuando la comida pasa por el laboratorio conviene dejar de lado el veredicto del paladar y de la vista para dejarse guiar por unas etiquetas que estén obligadas a pasar por todo tipo de controles que garanticen la veracidad de la información que contienen.
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